Gabriel , entrena duro, como es costumbre. Pero hoy entrena
solo, no quiere entretenerse con nadie, ni siquiera con Héctor, su fiel amigo.
Se quita del cuello su colgante con su identificación y lo deja junto a su
bolsa en la taquilla.
Comienza con las abdominales, seguido de las flexiones y las
sentadillas. Decide, tras beber medio litro de agua que tal vez, el boxeo no
este mal. Muchas veces han sido las que ha pensado coger unos guantes y
partirle la cara a alguien pero siempre creyó que eso no era para él. Se coloca
como puede un par de guantes y golpea con fuerza el saco. Derecha. Izquierda.
Derecha. Izquierda. Así una y otra vez. Se le vienen a la cabeza las imágenes
de Giselle, tomando la idea precipitada de irse de su casa y golpea con mas
fuerza. Le da rabia. Rabia que aun existan hombres así. El sudor resbala por su
cara y por todo su torso a mayor velocidad. – Eh fiera, relaja un poco o tendrás
agujetas – dice una voz detrás de él –El muchacho se gira. Un hombre bajo, de
unos 30 años le observa atento con una sonrisa espeluznante llena de dientes
amontonados .Gabriel no hace mucho caso al hombre y vuelve a golpear el saco.
Pero el hombre no para de mostrar su atención por él. –Valla valla, tenemos
aquí a un gallito resentido –suelta una carcajada áspera la cual hace que se le
pongan los pelos de punta. Lo mira con indiferencia pero a el hombre le da
igual, coge unos guantes y le frena el saco. –Golpeas con fuerza, serías un
buen boxeador –No quiero serlo - Pues es una lástima. Este viejo cuadrilátero
necesita un poco de diversión- señala un ring de boxeo unos metros mas atrás
–Soy Montez- le tiende el puño y este dudoso se lo choca –Gabriel .
Giselle, aburrida, coge un par de folios. No quiere
detenerse sin hacer nada. No quiere mantener su mente sin una ocupación porque
sabe, que si se siente sin hacer nada pensara en él. Marc, y su forma de
agarrarla, de besarla. Sus reconciliaciones eran las mejores. Porque, después
de una fuerte discursion, el siempre buscaba sus labios para callarla. Le daba
rabia pero le encantaba. Los besos seguían y seguían hasta acabar enredados
entre las sabanas y eso, era lo que mantenía vivo esa extraña relación que ambos
tenían. Su forma de arreglar lo imposible. – Coge un par de folios y un lápiz y
comienza a dibujar, no sabe muy bien el que pero se deja volar por su
imaginación.
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